Agazapado marcho entre tus montañas,
lento acechando la gravedad de tu aire,
con la respiración nerviosa del debutante,
la tormenta de tu lado que barre la mañana.
La vestidura del suave paisaje
molesta al apetito de este mortal,
rasgo sin paciencia pero con delicadeza
la cinta que amarra tu eterna paz.
Pasando las alturas de tu geografía
observo arboles y un extenso manantial,
¿quién fuese Dios para crear tanto arte?
con el alma me sumerjo en el agua celestial.
La pura suavidad de tu piel
se tatuó en la mía como dos enamorados,
como tales vivimos al amor,
ya no somos uno y uno, sino somos dos.
En el filo de tu tempestad
y mi delirio vivimos plenamente el amor,
buscaba poesías y terminé
explorando la savia que guarda tu corazón.
Alan Gino
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