Arte de Gino

Hola! quisiera darte la bienvenida a este viaje, el viaje de la escritura y el sentimiento.
Abrochen el cinturón de seguridad que es un viaje al alma.
Alan Gino

martes, 20 de enero de 2009

La Huida

La Huida.
Asoma el alba en la ciudad.
Ella tiene quince primaveras, pocas mentiras que contar, un cuarto con pósters del grupo pop de moda, un diario intimo que archivan fantasías.
Él y sus dieciséis agostos, tiene una nube que robo, un verso de Nirvana que vuela en la habitación, mientras la sueña escribe un poema que luego será suyo.
Ella va corriendo hacia el colegio, llegaba tarde, sólo quería saludar a su príncipe, es la hora del ingreso y él no había asomado en el mástil.
Él se queda dormido de nuevo, llega al colegio al mediodía para saludarla y pedirle disculpas, espera con ansias su vuelta, en la puerta del colegio, necesitaba verla, sentía que el fuego de un dragón le urgía por dentro para decirle que preparaba una huida. Ella sale sabiendo que él la estaba esperando, un mástil y el sol son los únicos testigos de este encuentro. Él le mira sus ojos y ve el mar, ella abraza su carpeta contra su pecho, mientas anémonas de nube acechan la ciudad, él le dice que quiere comparar sus ojos con el mar, ella le confiesa que nunca a oído el rugido de las olas.
El dice que se quede tranquila, la acompaña a casa y le da un beso, el se marcha con la soledad de estar sin ella y la alegría que sabe que su corazón esta en sus manos.


Como cada día la ciudad se paraliza porque él la iba a encontrar, es el mástil que le gustaba ser testigo de esto que era un amor furtivo, él venia con su alma en un pañuelo y con el auto de papá. Ella lo ve y se sorprende, él se baja, le da un beso, le dice “ sube al barco, esta es la huida que te prometí”, ella confía en él, se sube y se marchan en una ruta de cinturas, el pone una música suave y mira al horizonte, ella mira por la ventana, ve árboles que florecen por la primavera, mira hacia el interior del coche y sus ojos celestes de mar se quedan en el rostro de el, queda perpleja, siente que es feliz.

Llegan para la tarde, apagan los celulares, los llamados de los padres empiezan a rugir, ninguno de los dos quieren que este momento lo enchastre cualquier barro, él le dice a ella “este momento es de los dos, que los demás aguanten” y le sujeta la mano bien fuerte, como diciéndole que nunca se vaya a su lado, ella siente como su piel le tiembla.
Él para el auto enfrente del mar, las arenas están desiertas, las anémonas de cielo revolotea por encima del mar. Cae el ocaso del cielo, ella abrazada a los brazos de el mira con profundidad el mar, siente de sus ojos caer una lagrima, el la mira, le roza con sus dedos la mejilla, le quita la lagrima y le pregunta “Qué pasa, amor”, ella le contesta “lo que pasa es que soy feliz”, él le da un beso, se escucha entre los gemidos de las olas como laten dos corazones al compás del amor. Comen algo, entran al auto, ponen música suave, como ella le gustaba, sintieron la sal del mar en el aire, respiraron su riqueza, su melancolía, su novela, su arte. Él mira a ella, siente un sismo en su pecho, no aguanta más su amor, le agarra la mano a ella, le promete que este ocaso nunca va a terminar, ella se pierde en sus palabras, sus ojos que están partidos en millones de cristales solo logra decir unas palabras “contigo soy feliz”, él la besa. El auto se inundo de caricias, la única forma de contaminar eran los suspiros, no valía otra cosa que no sean besos. El único testigo de la huida de estos dos enamorados, quizás mañana los trague el pavimento o quizás en sus cuerpos nazcan olas y nunca desaparezcan la sal que desprenden sus manos, para poder cicatrizar heridas, lo importante es que en este arte que hay en el auto los dos sienten que son felices, y el mar es el único testigo, la luna se tapo los ojos, dio un paso atrás para que ella sea la protagonista de la noche. A las horas salieron del carro, fueron a visitar de nuevo el mar, se quedaron pensando si le dolería a las rocas cuando se enoja el mar, mientras tanto en la ciudad ardían los teléfonos y el azul sin nubes intentaba atraparlos.

Volvieron al auto, después de la cita con el mar, se abrazaron, ella queda en los ojos de el, y el naufrago entre los labios de ella. “Quién fuera poeta para escribir esta historia” dice el, ella que sigue escuchándolo, el le susurra al oído “Para mi corazón bastan tus ojos, para tu libertad bastan mis alas, este fondo no es lo mismo sin ti, hay millones de anocheceres que acaban en ti”
Ella sintió que entre las ramas de los brazos de él se podía proteger del viento, se acomodo a los recovecos del pecho del muchacho y quedo dormida, no podía soñar, ya que el sueño lo estaba viviendo. El se quedo abrazándola, tuvieron una cálida tertulia en los labios de ella.
Sucumbe afuera un sol que la acera quiere ser arena, la arena sueña con ser mar, y su majestad ser lluvia. Allí dentro del auto, los cables se enlazan, la ropa usada de almohada esta en cualquier lado, esta noche se cambiaba una prenda por una cucharada de amor. El se levanta primero, se queda contemplando la belleza de ella, sueña con no dejarla ir nunca, “duermes, que en tus sueños yo quiero ser guardián, por si viene alguien a sacarte de aquí” le dice entre el rumor de las olas, ella se levanta, despeinada como la tierra, pero más reluciente que los Jardines colgantes de Babilonia, ella era la emperatriz del día. Se quedan trenzados entre sus cables mirando el último gesto del mar y se proponen volver al ruido y pavimento. En el viaje él mira el horizonte y mira a ella, sintió que pudo comparar sus ojos, la agarra de la mano, para en una banquina y le dice “tus ojos y el mar ayer los pude comparar, pero yo me quedo con tus ojos, prefiero nadar en los tuyos”. Ella se aferra bien fuerte de su mano, con una lagrima en sus ojos le dice “te amo, contigo soy feliz”, él la besa bien fuerte a ella, ella siente que el volcán en su pecho va a erupcionar.

De vuelta a la ciudad, no esta el rugido de la sal, sólo la lluvia es la que humedece el alma, entre el cemento y los edificios sienten que esta huida se marchito, pero que las flores están abiertas en sus interiores. Él la lleva a la casa a ella, le da un beso y espera que entra, ella con un cierto dejo de temor al llegar a su hogar, entra y estaban los padres desesperados, él va a su casa, siente que su corazón va a estallar cuando llegue y se enfrente a sus padres. Las palabras que difunde el tren no eran capaces de tapar los gritos y golpes que habían en esas dos casas, los viejos le negaron las salidas, los padres no entendían porque se marcharon, a él no le dolían los gritos y mazazos, sino el poder no verla a ella, porque sabia que los viejos de ella eran muy estrictos.

Paso un año de esto, él no vio más a su princesa, se quemaron los poemas, no hay poema si no existe musa a quien se la dedica. Ella que no conocía el mar, vio la primera vez con el, sintió que el mar y sus ojos estaban impresos en una misma hoja.

Cómo puede existir la tierra, cuando dos aves quieren contemplar el cielo.
Se muere otra nube, una ola se rompe con fuerza contra las rocas, sólo quedan recuerdos, gélidas tuercas y tornillos que nunca más fueron cóncavos y convexos.
Ella se pregunto que era estar viva, él en su espacio volaban melodías de nostalgia, quizás el futuro les encuentre, quizás el mar vuela a pintar un cuadro expresionista donde los cuerpos se funden entre si, pero hubo miles de anocheceres que acabaron sin ti.
El presente es moribundo, pero el viento trae un cuadro.
Él para el auto enfrente del mar, las arenas están desiertas, las anémonas de cielo revolotea por encima del mar. Cae el ocaso del cielo, ella abrazada a los brazos de él mira con profundidad el mar, siente de sus ojos caer una lagrima, el la mira, le roza con sus dedos la mejilla, le quita la lagrima y le pregunta “Qué pasa, amor”, ella le contesta “lo que pasa es que soy feliz”.


Alan Gino.

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